20 de noviembre de 2010

bienvenidos a Bali...

Sí, este capítulo es sobre Bali, la llegada.  Pero no sin antes pasar por el recorrido que faltó contar. Una vez en Semarang, esperamos el tren por más de 14 horas, como no teníamos boletos (sí, nos coleamos), algunos estuvimos sentados en sillas, pero otros, como el pobre Luifer, estuvo en el piso. Así viajamos por unas 3 horas, Luifer consiguió puesto y a las 4 horas llegamos a nuestra próxima estación.
Ya en Surabaya, esperamos 5 horas hasta nuestro próximo tren (este sí lo pagamos), no encontramos asientos juntos, así que separados todos de nuevo.   Desde las 2 de la tarde hasta las 11 de la noche en el tren hasta Ketapang. En la última estación, al este de Java, nos bajamos los pocos que quedábamos. Encontramos un hotel barato donde pasar la noche, y a la mañana siguiente salimos en ferry hasta Bali. En menos de una hora ya estábamos pisando la otra isla.
Todo cambió. Dejamos a los musulmanes, a los dari mana, mau kemana, y entramos en territorio hindú. Desde que bajas del barco comienzas a ver los templos y sus ofrendas en todas partes, el calor se comienza a sentir, las ropas más ligeras se comienzan a ver, los turistas van a apareciendo a medida que nos vamos acercando a los sitios más concurridos. Aquí si están los verdaderos turistas, los que vienen por unos días, seducidos por los encantos de esta “isla de dioses”.
Montados en una carrito (autobús muy pequeño), viajamos por cuatro horas desde Gilimanuk hasta Canggu, donde está la casa de un venezolano (sí, estamos repartidos por todo el mundo), llamado Julio César, y que al igual que yo, llegó a Indonesia gracias a la beca Darmasiswa. En su casa, pasamos dos noches, mientras conseguíamos un sitio para quedarnos. Luego de recorrer bastante, conseguimos un cuarto en la casa de una familia muy buena gente, conversadores, con un perro que ladra mucho y un gatito fastidioso. Pero por un precio súper barato, entramos los cuatro en el cuarto.
La playa está a 500 metros de esta casa, pero lamentablemente sucia y descuidada, así que fue una decepción, aunque de noche escuchamos el rico sonido de las olas. Vivimos en una urbanización de casas hermosas, mansiones, y muchos muchos turistas, pero dentro de todo esto, encontramos casas humildes, gente de todas las clases, restaurantes carísimos y los típicos kiosquitos para comer en la calle. Nos estamos acostumbrando a la nueva vida, muy distinta a la que llevábamos, pero para esto estamos para vivir cosas nuevas, sea donde sea. Por ahora, bienvenidos a Bali.

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